El retrete de la misión Artemis 2 se convirtió en protagonista inesperado tras presentar tres averías durante el histórico viaje tripulado hacia la Luna.
Poco después del despegue, la NASA reconoció que el sistema no funcionaba, siendo la primera vez que una misión llevaba un baño con puerta.
La astronauta Christina Koch resolvió la primera falla, relacionada con una válvula desajustada por vibraciones del lanzamiento, convirtiéndose en “fontanera espacial”.
El segundo problema ocurrió cuando la orina expulsada al exterior se congeló en la boquilla, obligando a rotar la nave Orion para descongelar el conducto.
El tercer incidente fue un olor misterioso detectado por Jeremy Hansen, descrito como “a quemado”, cuyo origen aún no ha sido identificado por técnicos.
El Sistema Universal de Disposición de Residuos, con un costo de 23 millones de euros, genera tanto ruido que los astronautas usan tapones para los oídos.
El baño permite reciclar orina para convertirla en agua potable, clave en futuros viajes de larga duración, aunque los problemas han limitado su uso.
La NASA aseguró que el olor no afecta el funcionamiento del retrete, que sigue operativo mientras se investiga la causa del incidente.
Incluso en la primera conexión con Donald Trump y Jared Isaacman, el tema del retrete salió a relucir, evidenciando la necesidad de mejoras técnicas.
La misión Artemis 2 logró récords históricos, como observar la cara oculta de la Luna y viajar más lejos que cualquier otra tripulación humana.
