Un bombardeo israelí abatió a Ali Larijani, presidente del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, junto con su hijo Morteza y su guardaespaldas.
El ataque también mató a Gholamreza Soleimani, comandante de la fuerza paramilitar Basij, y a otros altos dirigentes, convirtiéndose en el golpe más fuerte contra Teherán.
La Guardia Revolucionaria Islámica confirmó que la muerte de Larijani será “fuente de honor y despertar nacional contra la arrogancia global y el frente sionista”.
Israel Katz, ministro de Defensa israelí, declaró que las fuerzas de seguridad eliminaron a Larijani y Soleimani gracias a información de inteligencia obtenida en Teherán.
El bombardeo alcanzó más de 100 objetivos militares y de seguridad en Israel, donde dos personas murieron y se escucharon explosiones en Gush Dan.
Larijani podía suceder a Jamenei y ejercer como líder de facto de Irán, incluso eclipsando al presidente Masoud Pezeshkian en decisiones internas y externas.
Su trayectoria incluyó dirigir la Radiotelevisión de Irán, negociar acuerdos nucleares y coordinar la represión violenta de protestas, lo que le valió sanciones de Estados Unidos.
El asesinato reconfigura el vacío de poder en Irán, donde Mojtaba Jamenei fue nombrado líder supremo, pero enfrenta amenazas directas de Israel.
La crítica apunta a que la eliminación de Larijani intensifica la guerra regional, incrementa la fragilidad interna de Irán y eleva el riesgo de escalada global.
Turquía condenó los “asesinatos políticos”, mientras Irán denunció ataques contra la central nuclear de Bushehr, señalando que la ofensiva israelí busca desestabilizar su infraestructura estratégica.
